La industria de la energía es uno de los pocos sectores que ha mantenido su dinamismo en términos de presentación de proyectos al Servicio de Evaluación Ambiental (SEA). En lo que va de año, se han presentado 114 proyectos de generación (21% del total) y sólo entre enero y julio de 2016 se han aprobado 29 proyectos de energía. A su vez, se conocieron los resultados de la última licitación de energía, lo que impulsará inversiones por más de US$ 3.000 millones.

Estas inversiones, junto con las que ya se están haciendo en transmisión, son claves para nuestra economía, y más aún si los precios van a la baja. En este sentido, todo parece ir bien para el sector eléctrico. Sin embargo, quienes han desarrollado proyectos de energía (cualquiera sea la tecnología utilizada) sabe que ahora es cuando comienzan los verdaderos desafíos, debido a que cada vez se hace más complejo calificar ambientalmente un proyecto, obtener la RCA, financiarlo y luego construirlo. A estas alturas, esto es un dato de la causa, aunque la tendencia siga siendo atribuir las dificultades al empoderamiento de la comunidad, a la oposición ideológica al desarrollo de proyectos o a la instrumentalización de los mismos por parte de candidatos o de organizaciones ambientalistas.

Lo cierto es que esto ocurre, pero no hay que ignorar que hay factores internos en las compañías que también son cruciales en las dificultades que enfrentan las empresas al desarrollar sus proyectos.

La energía es clave para sustentar la calidad de vida de la población y para impulsar el desarrollo, pero esto no es razón suficiente para esperar que los proyectos queden exentos de críticas u oposición. Aquí cobra importancia hacer buenos proyectos, no solo porque sean necesarios para el país, sino porque se deben insertar apropiadamente en los territorios donde se emplazarán.

Un buen proyecto no solo es aquel que tiene viabilidad económica, sino también el que es viable ambiental y socialmente, entendiendo esto último como la forma en que las empresas sociabilizan sus proyectos con las comunidades dentro del área de influencia, con el objetivo de viabilizarlo como consecuencia de un proceso de co-diseño de los mismos con la localidad, de manera que los estudios ambientales sean más sólidos en términos de cuantificación de los impactos y, particularmente, en el diseño de las medidas de mitigación. A mi juicio este debería ser el factor determinante a la hora de desarrollar proyectos. La RSE (Responsabilidad Social Empresarial) y la contribución al desarrollo local sólo deben ser complementarios para lograr la sustentabilidad del sector.

Por: Alex Ramos

Publicado en Diario Financiero

Socio y Director Ejecutivo

Pacto Ambiente

Recommended Posts